Postales
"Tu bisabuelo, un día que estaba un poco bebido, vió al diablo al lado de un menhir". Mi sobrino me miró retador y echando chispas me respodió "No se te ocurra hablar mal de mi bisabuelo".
Yo me reí y le dije que no, que, precisamente, nunca hablaría mal de su bisabuelo, sino más bien al contrario. Que la anécdota del menhir era simpática y en modo alguno despectiva. Y entre risas, mientras su orgullo adolescente se calmaba le expliqué: ¿Sabes, además, que tu bisabuelo fue mi novio? Y se empezó a reír.
Fue mi "novio", sí. Entonces yo tenía 21 años y él 80. Él era el abuelo de mi cuñado, el marido de mi hermana y lo conocí en un viaje a aquellas lejanas tierras de mantequilla. Viejo marino, siempre con su gastada gorra azul y su bicicleta, con la que iba a todas partes, tenía una sonrisa casi perenne en los labios y una simpatía cálida, que según las malas lenguas, se la proporcionaba el vino de Oporto que tomaba todos los días en la taberna mientras conversaba con sus amigos. Había sido un hombre de una extraordinaria fortaleza física, superviviente al mar, al duro atlántico y sus tempestades, que se había llevado decenas de barcos con todos sus tripulantes. Su mujer, ya fallecida, le había dado "muy mala vida" y hacía años que disfrutaba de su viudez con plena sonrisa, yendo de acá para allá en su bici sin dar explicaciones, tomando su copita de Oporto, visitando a sus nietos y bisnietos.
Entre bicis, paseos, menhires, dunas, hierba tan verde que hería los ojos, y las frías aguas del atlántico, pasé el verano. Poco sol y mucho marisco y mantequilla. Rituales familiares franco-bretones tan rígidos e inamovibles como los de la católica España. Yo era un bicho exótico allí. Y para mí todos eran dignos de observación. El bisabuelo me cayó simpático. Fuimos a verlo tres o cuatro veces. Vivía solo, en su casita, cerca de la de su hijo. Nos recibía en la cocina, siempre pulcra y ordenada pero antigua y un poco desolada en su alicatado blanco. Nos ofrecía crêpes y mantequilla para untarlos y una copita de oporto. Se reía, hablaba, con su fuerte acento bretón, del tiempo y de cosas triviales, de barcos, de pesca, de que la bici le daba problemas, de achaques de un amigo suyo. Siempre su gorra azul encastrada en la cabeza. Sobre un mueble de madera, al lado de la mesa cubierta con hule en la que comíamos, había fotos, recuerdos kitch de viajes de us nietos y algunas postales. Él, lo más lejos que estuvo, si acaso, fue en Rennes. En toda su vida no había salido de allí, de su mar.
De vuelta, y sabiendo lo mucho que le gustaba recibir postales, le envié una desde Madrid. Se alegró tanto que, al cabo de pocos días, le envié otra desde Alicante. Me acostumbré a enviarle postales y, cuando el cartero, extrañado ante la afluencia de postales a aquel viejo marino le preguntó en plan cotilla que quién se las enviaba, él respondió que "mi novia, la española". Y así, pasé a ser "su novia". Y cada vez que iba de visita me recibía con la broma. Se reía, y era agradable verlo reírse siempre. Cuando conoció al que ahora es mi marido también hubo risas, puesto que se quejó de que le hubieran quitado "la novia". Y más postales. La repisa del mueble de la cocina rebosaba de postales porque mi costumbre se había extendido a otros miembros de mi familia que también se las enviaban.
La última vez que lo vi estaba muy enfermo. Fue en el hospital, y me sorprendió verlo sin su sempiterna gorra. Se reía, siempre, y gastó alguna broma en su francés de pronunciación fuerte, pero se le notaba cansado. Murió poco tiempo después. Una boya de cristal, de las antiguas, es lo que tengo de él como recuerdo. Me la dió mi cuñado de una forma ceremoniosa, con una delicadeza inusual en un marino. Mi cuñado adoraba a su abuelo y cada recuerdo suyo tenía un valor de fetiche.
La risa. La ausencia de risa deja un vacío tan insuperable que crea ateísmos tempranos. Mi sobrino, dolorido y triste como estaba ante la muerte de su bisabuelo, llevaba su reloj y me habló un día de él. Tenía entonces 9 años, y sólo habían pasado dos o tres meses desde su desaparición. "Está en el cielo y seguro que te ve y te escucha" le dije no demasiado convencida en un intento de consolarlo. "No creo que me escuche" me respondió muy serio y con mirada de rabia "Y no creo que exista el cielo ni Dios, porque yo no hago más que llamarlo y él nunca viene".
Yo me reí y le dije que no, que, precisamente, nunca hablaría mal de su bisabuelo, sino más bien al contrario. Que la anécdota del menhir era simpática y en modo alguno despectiva. Y entre risas, mientras su orgullo adolescente se calmaba le expliqué: ¿Sabes, además, que tu bisabuelo fue mi novio? Y se empezó a reír.
Fue mi "novio", sí. Entonces yo tenía 21 años y él 80. Él era el abuelo de mi cuñado, el marido de mi hermana y lo conocí en un viaje a aquellas lejanas tierras de mantequilla. Viejo marino, siempre con su gastada gorra azul y su bicicleta, con la que iba a todas partes, tenía una sonrisa casi perenne en los labios y una simpatía cálida, que según las malas lenguas, se la proporcionaba el vino de Oporto que tomaba todos los días en la taberna mientras conversaba con sus amigos. Había sido un hombre de una extraordinaria fortaleza física, superviviente al mar, al duro atlántico y sus tempestades, que se había llevado decenas de barcos con todos sus tripulantes. Su mujer, ya fallecida, le había dado "muy mala vida" y hacía años que disfrutaba de su viudez con plena sonrisa, yendo de acá para allá en su bici sin dar explicaciones, tomando su copita de Oporto, visitando a sus nietos y bisnietos.
Entre bicis, paseos, menhires, dunas, hierba tan verde que hería los ojos, y las frías aguas del atlántico, pasé el verano. Poco sol y mucho marisco y mantequilla. Rituales familiares franco-bretones tan rígidos e inamovibles como los de la católica España. Yo era un bicho exótico allí. Y para mí todos eran dignos de observación. El bisabuelo me cayó simpático. Fuimos a verlo tres o cuatro veces. Vivía solo, en su casita, cerca de la de su hijo. Nos recibía en la cocina, siempre pulcra y ordenada pero antigua y un poco desolada en su alicatado blanco. Nos ofrecía crêpes y mantequilla para untarlos y una copita de oporto. Se reía, hablaba, con su fuerte acento bretón, del tiempo y de cosas triviales, de barcos, de pesca, de que la bici le daba problemas, de achaques de un amigo suyo. Siempre su gorra azul encastrada en la cabeza. Sobre un mueble de madera, al lado de la mesa cubierta con hule en la que comíamos, había fotos, recuerdos kitch de viajes de us nietos y algunas postales. Él, lo más lejos que estuvo, si acaso, fue en Rennes. En toda su vida no había salido de allí, de su mar.
De vuelta, y sabiendo lo mucho que le gustaba recibir postales, le envié una desde Madrid. Se alegró tanto que, al cabo de pocos días, le envié otra desde Alicante. Me acostumbré a enviarle postales y, cuando el cartero, extrañado ante la afluencia de postales a aquel viejo marino le preguntó en plan cotilla que quién se las enviaba, él respondió que "mi novia, la española". Y así, pasé a ser "su novia". Y cada vez que iba de visita me recibía con la broma. Se reía, y era agradable verlo reírse siempre. Cuando conoció al que ahora es mi marido también hubo risas, puesto que se quejó de que le hubieran quitado "la novia". Y más postales. La repisa del mueble de la cocina rebosaba de postales porque mi costumbre se había extendido a otros miembros de mi familia que también se las enviaban.
La última vez que lo vi estaba muy enfermo. Fue en el hospital, y me sorprendió verlo sin su sempiterna gorra. Se reía, siempre, y gastó alguna broma en su francés de pronunciación fuerte, pero se le notaba cansado. Murió poco tiempo después. Una boya de cristal, de las antiguas, es lo que tengo de él como recuerdo. Me la dió mi cuñado de una forma ceremoniosa, con una delicadeza inusual en un marino. Mi cuñado adoraba a su abuelo y cada recuerdo suyo tenía un valor de fetiche.
La risa. La ausencia de risa deja un vacío tan insuperable que crea ateísmos tempranos. Mi sobrino, dolorido y triste como estaba ante la muerte de su bisabuelo, llevaba su reloj y me habló un día de él. Tenía entonces 9 años, y sólo habían pasado dos o tres meses desde su desaparición. "Está en el cielo y seguro que te ve y te escucha" le dije no demasiado convencida en un intento de consolarlo. "No creo que me escuche" me respondió muy serio y con mirada de rabia "Y no creo que exista el cielo ni Dios, porque yo no hago más que llamarlo y él nunca viene".

